Ya sabes a qué me refiero

Hoy el suplemento Babelia ha dedicado un extenso reportaje a un grupo de dramaturgos de Madrid y Barcelona entre los que he tenido el privilegio de contarme. Me ha causado una gran alegría ver como un periódico de gran tirada como EL PAÍS se interesaba por nuestra profesión y daba voz a nuestras preocupaciones y esperanzas, a la vez que nos ponía en el mapa teatral nacional como punta de un iceberg creativo formado por muchísimos nombres más que, estoy seguro, en el futuro darán mucho más que hablar que nosotros.

Tras compartir el reportaje por todas las redes sociales de rigor, he recibido varios mensajes de felicitación, y uno me ha llamado poderosamente la atención. Un amigo mío cuestionaba la selección de los tres autores barceloneses por poco representativa. Al no entender a qué se refería, ha especificado: “los tres hacéis el mismo tipo de teatro.” Se refería al hecho de que recientemente los tres hemos estrenado con éxito en la Sala FlyHard. Yo le he preguntado si opinaba lo mismo sobre los cuatro autores madrileños que han estrenado en La Casa de la Portera, pero no me ha sabido responder, ya que no los conoce. A pesar de eso, ha acabado diciendo “ya sabes a qué me refiero,” que es la manera habitual de dar por zanjada una conversación cuando no se tienen argumentos.  Y el problema es que sí, yo sabía perfectamente a qué se refería. Por eso me he puesto a escribir estas líneas.

Lo primero que me gustaría dejar claro, sin que parezca que peco de falsa modestia, es que yo no me considero ni mejor ni peor que nadie. Yo intento hacer mi trabajo todo lo mejor que sé y últimamente –como es el caso de otros compañeros– he tenido la suerte de contar con el beneplácito del público, la prensa, los productores y/o compañeros de profesión que día a día nos convierten a todos los autores en lo que somos: personajes públicos que ejercemos una profesión expuesta en todo momento a la mirada y la crítica de los demás.

Es esa condición de desnudez la que nos convierte en objeto constante de juicio. Es algo intrínseco a la profesión. Viene con el lote. Algunos lo considerarán un lastre; otros, una ayuda, o incluso la razón última que explica su trabajo. En todo caso, ahí estamos; para que nos aplaudan o nos tiren tomates; para que nos llamen a todas horas para ofrecernos proyectos o para que finjan no conocernos cuando nos cruzamos en una fiesta. Nos guste o no, es así.

Y es por eso que surgen ránkings, premios y estrellitas en los periódicos; y también etiquetas generacionales y presuntas corrientes estilísticas. Dale a un teórico o a un periodista la oportunidad de ordenar el caos y echará mano de ellas en menos que canta un gallo. No lo cuestiono. La humanidad lleva haciéndolo desde que le puso el primer nombre a la primera cosa. Me pregunto cual fue.

Así pues, he elegido una profesión que tiende a ser juzgada por un lado y clasificada por otro. Y quizás hoy más que nunca mucha gente tiene la tentación de hacer ambas cosas a la vez. Y eso es precisamente lo que ocurre con ese “ya sabes a qué me refiero.” Me explico.

Decir que vivimos una eclosión de nuevos autores ya no es noticia. Hace tanto tiempo que está ocurriendo que muchos de los autores ya no somos tan nuevos y hay bastantes detrás que empiezan a despuntar con muy buenas perspectivas. La situación, eso sí, es inédita. Nunca antes había habido tantos dramaturgos dispuestos, preparados y con suficiente talento, ganas y complicidades para estrenar sus espectáculos, con mayor o menor presupuesto, de manera regular. Cuando aparecimos, nació un grupo de población nuevo que requería ser estudiado y comprendido. Toda novedad genera caos, y el caos hay que ordenarlo. Se escribieron así los primeros reportajes, encantados con el descubrimiento. La sensación no era muy distinta a la que debe albergar alguien cuando descubre una isla inexplorada. Lo primero que asaltó a todo el mundo fue la curiosidad. ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? ¿Qué escriben y por qué? Y empezaron la elecciones de los autores más representativos. Se les entrevistaba, se hacían fotos y se publicaban bajo entusiastas titulares. Y como a toda terra incognita que se preste, se procedió al bautismo: Nueva Autoría Contemporánea, Dramaturgos de los Setenta, Generación Facebook…

Pero ya sabemos todos que la geografía es una cosa, y la política otra. Las islas descubiertas no entienden de fronteras, pero siempre nos hemos empeñado en dibujarlas sobre los mapas. Solemos sentirnos más seguros si decimos “esto es tuyo y esto es mío”. Y si cruzas esta línea, te mato.

Las líneas no las pusimos nosotros. Alguien dirá que sí. Cuando después de los periodistas y los teóricos lleguen los historiadores, quizás dirán que tendimos a agruparnos por afinidades y que las fronteras nacieron a nuestro alrededor como resultado de un proceso natural. Pero yo no lo creo. Yo no he marcado ninguna línea, que yo sepa. El caso es que un día nos levantamos y las líneas estaban ahí. Y de repente, esa tierra que yo creía que no tenía más límites que el mar estaba acotada no sólo por una frontera, sino también por unas normas, una manera de entender el mundo y el teatro. Y los que estaban a un lado de la frontera tenían unas características muy concretas que podían explicarse en prácticas listas, mientras que los que estaban al otro lado tenían otras.

De este modo, el caos se redujo aún más. Los teóricos, con sus mapas y sus compases, sus reglas y sus listas, lo habían puesto todo en su sitio. Lo que no previeron (o quizás sí) es que la gente empezó a olvidarse de la isla y, en lugar de eso, se puso a hablar de sus partes. Y de repente, los que vivíamos en ella ya no éramos un solo grupo, sino varios, y nos querían obligar a hablar en términos de “nosotros” y “los otros.”

Cuando empezamos a usar esos términos, la espiral silogística en la que caemos es detestable: si yo considero que hago bien mi trabajo y los otros lo hacen de otro modo, consideraré que los otros lo hacen mal; si lo que hago yo me gusta, lo que hacen los otros no me gustará; si yo soy bueno, ellos tienen que ser malos. Por cosas más tontas han estallado guerras.

La perversión de la lógica de las fronteras puede llegar a tal extremo que un día alguien pueda decir sin ruborizarse: “este trabajo es bueno porque no es la basura que hacen los otros.” Y no es un ejemplo sacado de la chistera. Lo he leído en una crítica teatral. Y mal vamos si para defender las virtudes de uno hay que atacar a los demás.

Todo eso estaba encerrado en el “ya sabes a qué me refiero.” Y me preocupa. Me preocupa mucho. Porque el amigo que lo dijo no es teórico ni periodista ni dramaturgo ni director. Su trabajo no tiene nada que ver con la profesión. Es, sencillamente, un espectador que va a menudo al teatro. Y si las fronteras han llegado hasta ahí, quizás estamos perdidos.

¿Qué ha pasado con nuestra isla desierta? ¿Dónde está la ilusión que sentimos cuando la pisamos por primera vez? ¿Quién ha puesto esas líneas ahí? A mi no me gustan. El problema es que una frontera sólo puede quitarse si dos lo desean. Y los que las crearon no están muy por la labor.

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